martes, 25 de diciembre de 2007

Eugenia Rombolá nació el 13 de abril de 1980 en Viila Dolores, Córdoba. Estudia Letras en la UBA y francés. En el 2005 publicó un poemario titulado "Fantasía" en Zorra Poesía. También publicó un ensayo sobre Saer en la Universidad Nacional General Sarmiento. En el 2006 dirigió la revista de crítica literaria "Los asesinos tímidos". Actualmente trabaja en la Editorial Libros del Zorzal y colabora con distintos medios, entre ellos la revista Plátano Verde, de Venezuela. Escribe un blog que se llama consideraciones intempestivas.

El verano

Ahora ya no, pero antes, el comienzo del verano no lo determinaba el calendario sino la apertura de las heladerías. Cuando era chica, por lo que más quería ser grande era para comer helado y sólo helado, nada de verduras, carne, ravioles, sólo helado de dulce de leche granizado abajo y coco arriba. El coco no era tanto por preferencia real, sino más bien por seguir el dictado de la moda impuesto por ese personaje de Juana Molina en Juana y sus hermanas. Y aunque amaba el verano, porque amaba el helado, no renegaba del invierno, tenía sus beneficios: los bolsillos de los abrigos siempre reservaban australes para futuros cucuruchos. Yo, apenas abría la heladería de enfrente de casa, lo primero que hacía era saquear los bolsillos de mi campera, del blazer del colegio, de los tapados de mamá, de los trajes de invierno de papá, los bolsillos de mi hermana no, porque siempre fui muy respetuosa de mis pares. Pero cuando ese recurso llegaba a su fin – que era alrededor del tercer o cuarto cucurucho– no quedaba otra que suplicarle a mamá que me comprase otro, y ella, tan amante de la vida natural, me decía que era mejor que coma fruta. En el parque de casa había moras, que comía imaginando que eran helado de moras, hasta que un día, como era de esperar, me intoxiqué y decidí hacer negocio con ellas. Junté todos los frascos de mermelada que encontré en casa, hasta terminé la de naranja que siempre me pareció espantosa, solo para tener un recipiente más donde guardar las moras que vendería a los que pasasen por la puerta de casa, y como escuché no sé si de papá o de mamá, que para hacer negocios es necesario arriesgarse, sacrifiqué el vestido escocés de mi bebote y lo recorté en cuadraditos para decorar las tapas de los frascos. El negocio marchaba magnífico, le vendí un frasco a Maribel, la vecina de al lado de casa y podría haber vendido muchos más si mamá no me hubiese gritado “estás loca” desde la ventana del living, cuando me vio en el puestito que había improvisado sobre el medidor de gas. No dijo nada más, para eso es mi mamá, sabe la mejor forma de paralizar mis autoemprendimientos. Siempre me dio miedo la locura y que ella me lo afirmase de manera tan vehemente hizo que sin chistar me metiera adentro de casa y me muriera de vergüenza durante más de una semana por lo que había hecho. Ahora que lo pienso, el verano es propicio para generar situaciones de vergüenza. Una ola que corre la bikini de lugar, un helado que se derrite mucho más rápido de lo que la boca puede tomarlo y termina enchastrando toda la remera, un caballo suicida que se mete más y más en el mar y todos diciendo desde la orilla Eugenia vení para acá, y yo pensando pero qué quieren si es él el que se cree Alfonsina... De cualquier manera, a pesar de la vergüenza, siempre deseo que llegue el verano, porque en verano me dan más ganas de bailar, de conocer gente, de tomar caipiriña, escuchar a Bob Marley y leer novelas de amor o policiales tirada en la arena. Y para combatir el insomnio que provoca el calor, una noche, en la que sentía derretirme toda, a excepción de mis ojos que permanecían fijos en el ventilador de pie, se me ocurrió hacer un cronograma de sueños de verano, que si se sueña uno por noche, alcanza para todo enero y los primeros días de febrero.
Cronograma de sueños de verano:
Tomar leche cortada y mandar a mamá a la cárcel
Creer en Dios y que se sienta mal
Enseñarle a la maestra cómo se llega al país de Alicia
Contar hasta el infinito con los dedos
Decirle a Pitufo Filósofo que me cae simpático
Aprender a tocar el piano con Lou Reed y que mamá Laurie Anderson me rete en japonés
Ser una trovadora pop
Figurar en las revistas y que me recorten los pajeros
Tomar whisky con Morrison
Tocar la pandereta en un recital de Janis Joplin
Atender el teléfono y ser yo
Preguntarle a Antonin si le gusta mi voz
Hacer radio con Beckett
Conseguir el papel de vaca comunista y reírme con Brecht en alemán
Postergar mi viaje a Berlín porque vino a visitarme Virginia Wolf
Dibujar la mano de la Reina Isabel y que Orlando me diga “sí, así es, así es”
Filmar el divorcio de Penélope y actuar como su abogada
Robarle los zapatos a mi abuela y ser acusada, no de robo, sino de herencia
Ser responsable y que papá se sienta orgulloso
Trabajar como obrera en una fabrica de alfileres
Tener un amigo como Engels
Colaborar con los exiliados lingüísticos
Desertar y que El Che me tenga bronca
Pasear con Rosas por Lavalle
Evitar que maten a Pasolini y pedirle un autógrafo
Disfrazarme de polígrafa y ser odiada por los hombres
Ir a misa con Burroughs y cantar canciones de Tom Waits
Decirle a Apolonio que a Paul no lo soporto
Conversar con Fijman en la Plaza España
Ver la mano de Rilke cuando escribía Salomé
Darle un beso a Proust antes de que se duerma
Cenar con Jack the Ripper y hablarle de Allan Poe
Mover las manos con dirección de Pina Bausch
Florecer en la montaña
Llegar al cielo y darme cuenta de que en realidad prefiero el agua
Vivir en un teatro*
* Disfrutarlo todo, serlo todo.